
Europeo· Reseña·
Shin Zero, el cómic que contrata a los Power Rangers por horas
Esta semana llega el segundo tomo de Shin Zero, así que es el momento de recuperar el primero. Bablet y Singelin imaginan un mundo en el que los héroes de colores que salvaron Japón de los monstruos gigantes acabaron siendo un trabajo precario que se contrata por aplicación. Es uno de los mejores cómics de los últimos años.
Hay cómics que se leen y cómics que se recuerdan. Y luego están los que, al releerlos un año después, resultan mejores que la primera vez, porque ya no estás pendiente de qué pasa y puedes fijarte en cómo pasa. Shin Zero es de esos. Lo leí cuando salió y me gustó mucho. Lo he vuelto a leer esta semana, porque llega el segundo tomo, y ahora me parece imprescindible.
Héroes con contrato basura
La idea se explica en una frase, que es lo que tienen las buenas ideas. Hace décadas, unos monstruos gigantes salían del mar y arrasaban las ciudades. El gobierno respondió con los sentai, voluntarios con el ADN modificado para crecer hasta el tamaño de los monstruos, organizados en equipos de colores y con trajes de los que llevaban los Power Rangers. Ganaron la guerra. El último monstruo, King Zero, cayó hace mucho tiempo.
¿Y qué haces con un ejército de héroes cuando ya no hay nada de lo que salvar al mundo? Pues lo que se hace hoy con casi todo: una aplicación. En Shin Zero, los sentai siguen existiendo, pero ahora los contratas por horas, como quien pide un taxi. Hacen de guardias de seguridad en tiendas de ropa o de guardaespaldas, y la aplicación les pone nota. Y quien se pone el traje ya no es un voluntario heroico, sino un universitario que necesita pagar el alquiler.

Es una idea tan buena que da rabia no haberla tenido. Y lo mejor es que Mathieu Bablet, que ya demostró en Shangri-La y Carbono y Silicio que sabe construir mundos enteros, no la usa como chiste. La usa como espejo.
Cinco personas, no cinco colores
Los protagonistas son Warren, Héloïse, Nikki, Satoshi y Sofia, cinco jóvenes que comparten piso, trabajos de sentai y una cantidad bastante razonable de problemas. Hay amores que no son correspondidos, padres con los que no se habla, redes sociales que exigen ser guapa y estar disponible, y un piso que se cae a trozos porque no hay otro que puedan pagar.

Lo que hace grande a Shin Zero es que ninguno es solo una víctima. Bablet no los idealiza. Algunos toman malas decisiones, otros son egoístas, alguno cae francamente mal durante buena parte del libro. Es lo contrario de lo que suele hacer el cómic de denuncia, que necesita personajes buenos a los que le pasan cosas malas. Aquí son personas normales a las que les pasan cosas normales, y por eso duele más. La precariedad no los convierte en santos. Los convierte en gente cansada.
Y hay un detalle que se aprecia mejor en la relectura: el libro nunca señala a un culpable. No hay un villano de la uberización. Hay un sistema que todo el mundo da por hecho, como el tiempo que hace, y cinco chavales intentando vivir dentro de él.
El color del traje
Y luego está Guillaume Singelin. Si no conocéis The Grocery o PTSD, o su Frontier, que también publica Grafito, ya estáis tardando. Su dibujo tiene algo de manga y algo de cómic francés, personajes de piernas largas y caras expresivas, ciudades abarrotadas de cables, carteles y ropa tendida. Cada viñeta tiene tantos detalles que la relectura sirve, sobre todo, para descubrir cosas que no habías visto.

Pero el gran acierto es el color. Shin Zero está en blanco y negro casi todo el tiempo. El color solo aparece en los trajes: rojo, verde, azul, rosa y amarillo. Cuando los protagonistas son estudiantes con problemas, el mundo es gris. Cuando se ponen el traje, se llena de color. Es una idea muy sencilla que dice muchísimo: la única parte de su vida que brilla es la que no es suya, la que alquilan por horas.

Y cuando hay acción, que la hay, Singelin la dibuja con una energía que recuerda a los mejores mangas de peleas. Los sentai se pelean entre ellos, se meten en ríos, se caen y se levantan, y todo tiene un ritmo y una gracia que hacen que la parte de entretenimiento funcione igual de bien que la de reflexión.

Por qué hay que leerlo
Hay una frase que se repite mucho sobre los cómics de superhéroes: que son fantasías de poder. Shin Zero es justo lo contrario, una fantasía sobre perder el poder. Sobre qué pasa cuando los héroes ya no son necesarios, cuando la épica se convierte en servicio y el traje en uniforme de trabajo. Y eso, que podría ser deprimente, Bablet y Singelin lo cuentan con humor, con ternura y con una mirada muy lúcida sobre lo que significa tener veinte años ahora.
También es un cómic sobre la nostalgia. Sobre una generación que creció con los Power Rangers en la tele y que, ya adulta, descubre que el mundo que le prometieron no existe. La nostalgia aquí no es un adorno. Es un negocio, porque es justo lo que venden las aplicaciones que contratan a los sentai.
Grafito lo publica en tres tomos, en rústica con solapas, 216 páginas y 18 euros, que es un precio muy razonable para lo que ofrece. El único problema es que hay que esperar a los otros dos. Pero ya falta menos: esta semana llega el segundo.
Si solo vais a leer un cómic europeo este año, que sea este. Y si ya lo habéis leído, haced como yo y volved a él antes de abrir el segundo. Se lee distinto. Se lee mejor.
¿Merece la pena?
Una idea brillante, cinco personajes que parecen de verdad y un dibujo de Singelin que usa el color como pocos. Shin Zero habla de precariedad, de nostalgia y de hacerse mayor sin convertir nada de eso en un sermón. Es un cómic para leerlo y para volver a leerlo.
A favor
- La idea: los héroes que salvaron el mundo, convertidos en trabajadores por horas.
- Cinco protagonistas con defectos de verdad, que a veces caen mal y por eso parecen reales.
- El color, que solo aparece cuando se ponen el traje.
- Que hable de vivienda, trabajo y familia sin dar lecciones.
En contra
- Que haya que esperar a los otros dos tomos.
Diego Summers