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X-Men #40: una espada con remordimientos
Jed MacKay para la guerra de "DNX" para preguntarse por qué Cíclope eligió a Psylocke como número dos. Lucas Werneck lo dibuja de maravilla y la pregunta es buena. La respuesta, por desgracia, ya nos la sabíamos.
Hay personajes que nacen con un propósito y otros que nacen con un arma, y la diferencia entre los dos se descubre cuando se acaba la guerra. Kwannon, la Psylocke de ahora, nació con las dos cosas a la vez: la entrenaron para matar y lo hace muy bien. X-Men #40 va de lo que pasa cuando alguien así decide que quiere ser algo más que bueno en su trabajo.
Jed MacKay frena aquí "DNX", el evento en el que los X-Men y los Cuatro Fantásticos se pelean con 3K, para dedicarle un número entero a la número dos de Cíclope. Es una costumbre reciente de la serie, la de pararse en un personaje antes de seguir disparando, y es una buena costumbre. Los eventos suelen tener mucha prisa y poca gente dentro. Este número tiene a una persona y le da tiempo.
El cómic va y viene entre dos momentos. El de antes es una azotea de la Fábrica, en Merle, Alaska, con nieve, dos latas en la mano y un atardecer rosa. Kwannon se arrepiente de no haber matado a Andreas von Strucker. Scott, que la escucha con la paciencia de un hombre que lleva dirigiendo mutantes desde el instituto, le dice que normalmente le daría la razón, pero que mejor que no haya ningún vídeo de una X-Men ejecutando a nadie. Luego confiesa algo más interesante: que a veces se pregunta si tantos años de violencia le han estropeado la brújula. "Igual", contesta ella.

Es la mejor página del número, y lo es porque no pasa nada. Dos personas que han hecho de todo se preguntan qué les ha hecho a ellas todo eso. Hay más verdad en ese "igual" que en muchas sagas enteras.
Lo que sigue explica el título de esta reseña. Kwannon dice que antes era una espada y no una persona. Que una persona tiene que preguntarse si hace lo correcto, mientras que una espada solo corta, sin preocuparse, satisfecha de cumplir su función. Y que ahora vive en un infierno que se ha fabricado ella sola: intentar ser mejor dejando de hacer lo único que sabe hacer. Es una idea preciosa. También es, admitámoslo, la idea de Lobezno desde 1982.

El de ahora es la nave de 3K. Kwannon llegó allí para ejecutar a sus X-Men y que alguien pagara por lo que han hecho. De las cuatro cabezas de 3K solo tienen a una; las otras tres se han escapado después de intentar soltar el virus X en Filadelfia, estrellar la nave contra la ciudad e infectar a cientos de personas en un pueblo llamado Juniper. Los X-Men y los Cuatro Fantásticos van a salvar a quien puedan allí, y ella se unirá a ellos. "Pero ayudar, curar, no es lo que mejor se me da", piensa. Y entonces, en un laboratorio, aparece Myriad, un monstruo con el que Werneck se lo pasa en grande.

Werneck es lo mejor del cómic, aunque no por donde uno espera. Sus personajes actúan: Kwannon mira de reojo, Scott bebe para no tener que contestar, y todo se entiende sin bocadillos. Arthur Hesli le pone a la telepatía un rosa y un violeta que lo tiñen todo, hasta los cuadros de texto que rotula Clayton Cowles, de modo que los pensamientos de Psylocke tienen color propio. Pero cuando llega la pelea, el dibujo se queda quieto. Las viñetas de acción parecen posadas, como fotos de una coreografía, y un monstruo tan bien diseñado se merecía una pelea que no pareciera un ensayo.
El problema de fondo, sin embargo, no es el dibujo. Es que la asesina que aprende a perdonar es una de las historias más contadas del cómic de superhéroes, y los X-Men la han contado tantas veces que podrían recitarla de memoria. MacKay la cuenta bien, con oficio y sin prisa, pero no le añade nada. Peor aún: la adorna con guiños a otras etapas de la serie que no se esconden, sino que se anuncian, como el mago que te enseña la carta antes de hacer el truco.
X-Men #40 es un buen ejemplo de una historia que ya has leído mil veces. Si es la primera vez que la lees, te gustará mucho. Si no, te gustará la azotea, la nieve y esas dos latas. Que una espada dude es la mitad de una buena historia. La otra mitad sería que nos sorprendiera la respuesta.
¿Merece la pena?
Un número bien dibujado y bien escrito que cuenta algo que los lectores de X-Men han leído muchas veces. La conversación en Alaska entre Cíclope y Psylocke es lo mejor. La pelea en la nave de 3K, lo más prescindible.
A favor
- La conversación entre Scott y Kwannon en Alaska, con dos soldados que se preguntan qué les ha hecho la guerra.
- Lucas Werneck, que hace actuar a sus personajes con la mirada.
- El rosa y el violeta de Arthur Hesli, que convierten la telepatía en un color.
En contra
- La historia del asesino que aprende a perdonar está más que contada, también en esta misma serie.
- Las peleas, sorprendentemente rígidas para un dibujante tan expresivo.
- Los guiños a otras etapas de X-Men se ven venir desde la portada.
Diego Summers